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Posts Tagged ‘Ciencia del cambio climático’

El análisis de los puntos focales climáticos actualmente en vigor, +2 ºC como límite de incremento de la temperatura media de la Tierra, y 350 ppm de concentración máxima de CO2, debe incluir necesariamente una comprensión de su origen. En este terreno, de tan importantes implicaciones políticas, económicas y sociales, es muy importante conocer la historia de la gestación de los criterios capaces de acabar constituyendo un objetivo global. En ella reside su eventual credibilidad, condición necesaria para su aceptación general. Con este mismo fin es preciso examinar previamente cómo se miden estos valores.

¿Cuál es la temperatura media de la Tierra?

Si tuviéramos que establecer el objetivo climático en términos de incremento máximo de la temperatura media de la Tierra, lo primero a tener en cuenta es la referencia de base: respecto a cuándo se establece este incremento. No son lo mismo, pongamos por caso, 2 ºC más respecto al promedio de la era preindustrial (<1850) que respecto al promedio de los períodos 1880-1920 o 1951-1980 con los que suele presentar los datos la NASA. A veces se considera también la temperatura de 1990, año del protocolo de Kioto, o la del año 2000. En este sentido, es importante que los comunicadores tengan siempre presente la referencia de base de las informaciones relativas a la temperatura media del planeta que suministran al público.

Sin embargo, la empresa no es nada fácil. (más…)

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El texto que sigue corresponde a un artículo escrito por amable invitación de la revista Mientras Tanto, que he dividido en cinco entregas y al que he añadido algunas ilustraciones. Recomiendo además la lectura de los demás artículos del ejemplar, dedicado a ‘Los límites del crecimiento: Crisis Energética y Cambio Climático’, a cargo de Antonio Turiel, Roberto Bermejo, Hermann Scheer y Richard Heinberg. Acceso a capítulos anteriores –  [Actualización 26/03: Ver texto completo en una sola página]

En estas circunstancias, dada nuestra actual incapacidad para adaptarnos y funcionar en el marco de los límites marcados por el sistema físico-biológico del planeta, nos empeñamos, a mi entender inútilmente, en soluciones que promuevan la situación inversa: que sea el planeta el que se adapte a nosotros. Desde luego, la fe en la tecnología parece haber adquirido tintes de religión.

Así, se están desarrollando, algunas con cierto secretismo, investigaciones en el reciente campo de la geoingeniería. Una de las que cuenta con mayor predicamento consiste, precisamente, en rociar periódicamente la estratosfera con compuestos de azufre, aprovechando así sus propiedades de contención del calentamiento global y el mayor tiempo de residencia de los aerosoles a esa altura.

La geoingeniería será reciente como disciplina científica, pero desde luego llevamos siglos sometiendo el planeta a experimentos geofísicos no controlados, entre los que el empleo de la atmósfera como inmenso vertedero de todo subproducto que no sea sólido o líquido, y las alteraciones masivas en el uso de la tierra (deforestación, fertilización artificial, entre otras) son sólo algunos de los forzamientos globales más conocidos. Mejor sería denominar a estas intervenciones planetarias con el término (más…)

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El texto que sigue corresponde a un artículo escrito por amable invitación de la revista Mientras Tanto, que he dividido en cinco entregas y añadido algunas ilustraciones. Recomiendo además la lectura de los demás artículos del ejemplar, dedicado a ‘Los límites del crecimiento: Crisis Energética y Cambio Climático’, a cargo de Antonio Turiel, Roberto Bermejo, Hermann Scheer y Richard Heinberg. Acceso a capítulos anteriores – [Actualización 26/03: Ver texto completo en una sola página]

El pacto de Fauto. Los humanos han gozado de los frutos de la revolución industrial y han evitado al mismo tiempo un gran coste en cambio climático mediante el efecto enfriador de los aerosoles del carbón. El pago se produce cuando la humanidad se da cuenta de que resulta intolerable el crecimiento exponencial de la contaminación atmosférica que sería necesario para una contínua mitigación del calentamiento debido a los gases de efecto invernadero

Uno de los malentendidos más flagrantes del problema climático se refiere a la creencia de que la reducción del empleo de combustibles fósiles, y en particular la reducción o eliminación de las centrales térmicas generadoras de energía eléctrica a base de carbón, supondría una disminución de la temperatura media de la Tierra y contribuiría, así, a mitigar la crisis climática.

Ciertamente, la clausura de las centrales térmicas de carbón y gas natural supondría una reducción muy sustancial de las emisiones de CO2 a la atmósfera. Sin embargo, la mayoría de centrales térmicas emiten otros gases, resultado de las impurezas del carbón y de la combustión incompleta. Entre éstos se encuentran, de forma destacada, los compuestos de azufre. Éstos, al combinarse con el vapor de agua, forman el ácido sulfúrico de la conocida lluvia ácida, y generan micropartículas sólidas (aerosoles).

Este tipo de aerosoles tiene una propiedad singular en relación a los demás gases y partículas con los que contaminamos la atmósfera reguladora del clima. No sólo no añaden efecto invernadero sino que, por el contrario, reflejan parte de la luz del sol hacia el espacio. Así, (más…)

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El texto que sigue corresponde a un artículo escrito por amable invitación de la revista Mientras Tanto, que he dividido en cinco entregas y al que he añadido algunas ilustraciones. Recomiendo además la lectura de los demás artículos del ejemplar, dedicado a ‘Los límites del crecimiento: Crisis Energética y Cambio Climático’, a cargo de Antonio Turiel, Roberto Bermejo, Hermann Scheer y Richard Heinberg. Acceso a capítulos anteriores –  [Actualización 26/03: Ver texto completo en una sola página]

El pensamiento sistémico requiere de una adecuada comprensión de la diferencia entre flujos y acumulaciones, conceptos que muy a menudo se confunden. Incluso personas del mayor nivel intelectual reflexionan erróneamente violando, por ejemplo, el principio de la conservación de la masa. En un conocido ensayo realizado a estudiantes y doctores del Massachussets Institute of Technology, particularizado al ámbito climático, se confirmó un buen número de estudios anteriores realizados sobre personas altamente cualificadas, incluyendo responsables de grandes empresas. En ellos se puso de manifiesto la dificultad de la mayoría de ellas para analizar correctamente el funcionamiento del sistema climático en sus aspectos más elementales cuando se solicitaba una reflexión cualitativa y no se les permitía emplear las herramientas analíticas y matemáticas convencionales (6). Así, el comportamiento de la mayoría de las personas analizadas llevaba a deducir que éstas creían que, mientras las emisiones siguieran aumentando, el cambio climático empeoraría pero que, si las emisiones dejaran de crecer, el clima se estabilizaría.

Cuando se les permitía hacer uso de un simulador con el que analizar las consecuencias de sus acciones, los que eran capaces de establecer estrategias correctas de contención sólo lo hacían cuando estaban muy cerca del límite de tiempo disponible (7). Se evidenció así la dificultad de percibir los tiempos de retardo de los sistemas en general, y del climático en particular y, con ello, la baja probabilidad de realizar acciones correctivas con anticipación, cuando su coste es inferior. De modo que en la realidad, dados los inevitables márgenes de incertidumbre en el caso climático, la probabilidad de creerse erróneamente a tiempo de actuar es, pues, significativa. (más…)

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Cuando pronuncio conferencias sobre cambio climático siempre comienzo señalando que nos encontramos frente a un tema maldito. Es maldito por las limitaciones físicas, atávicas, psicológicas y culturales que nos impiden, no tanto la comprensión de sus mecanismos, sino la propia percepción del problema (1). Es maldito por la gran cantidad de malentendidos que residen incluso en personas con cierto conocimiento de los orígenes, dinámica y eventuales respuestas a la cuestión. Es maldito porque las únicas respuestas con alguna verosimilitud de eficacia significan un cambio tan sustancial en el status quo que requerirían, previamente, incluso una reconsideración de los valores fundacionales de nuestra civilización. Finalmente, en un vano intento de autojustificación, me refiero a la maldición del conferenciante. Desde luego una parte de los oyentes escuchará de mí aseveraciones que no quiere oír, pero que debe conocer. Pero otra, la ecologista, puede levantar también, frente a algunas de mis afirmaciones, sus defensas intelectuales. Ambos serán movidos por la emoción antes que por la razón. Al final, mis conclusiones serán (probablemente) apreciadas, pero afirmaciones tan extraordinarias habrían requerido fundamentaciones extraordinarias por lo que, inexorablemente, no tendré bastante con el tiempo que los organizadores me han adjudicado a pesar de mis denodados esfuerzos de síntesis. Confío que la longitud que me han otorgado para este texto y la posibilidad de incluir referencias permita salvar este inconveniente, siquiera de forma parcial.

Me propongo aquí mostrar la incorrección de las siguientes afirmaciones: (más…)

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La clave está en la cantidad de hielo en el Ártico (Foto Captain Budd Christman, NOAA Corps)

El meteorólogo de referencia del Grupo Prisa Florenci Rey escribía el pasado día 2 de febrero en El País un artículo bajo el título de “Cuando Siberia se deja la puerta abierta”. En él señalaba que este invierno, muy suave en todo el hemisferio norte hasta la llegada de la ola de frío que ahora nos invade, comenzaba a ser conocido en su gremio como “el año sin invierno”. Estos profesionales probablemente parafrasean la referencia al año 1816, conocido como “el año sin verano” y el más frío en 500 años. El motivo no fue otro que la presencia de erupciones volcánicas explosivas, muy en especial la del volcán Tambora de Indonesia, cuyos aerosoles alcanzaron la estratosfera, apantallando así durante meses la radiación solar (1).

Rey se preguntaba en el artículo: “¿Son estas situaciones adversas consecuencia del cambio climático?” Y se respondía: “Rotundamente no”. Al final del texto señalaba que:

“Estas bruscas discontinuidades en un corto espacio de tiempo, una alta variabilidad meteorológica, pueden ser un buen indicio de la traducción del cambio climático global en la región europea.” (2)

Creo que es la primera vez que veo a un meteorólogo con reconocimiento público y privado referirse al cambio climático en el caso de un fenómeno extremo. A este colectivo no le resulta fácil efectuar esta asociación. Son distintos los motivos, que vimos aquí y aquí, a los que se unen las consignas a las que los comunicadores son sometidos por parte de la dirección de los medios. Éstas consisten, como mínimo, en extremar la prudencia con la excusa no herir la sensibilidad del respetable, cuando en realidad están preocupados por la de los anunciantes y la de los distintos patrocinadores-freno. Estos últimos lo son en forma de grandes empresas oligopolísticas que raras veces necesitan anunciarse, luego por algo están ahí. Así pues, el esfuerzo es meritorio. Sin embargo, estos párrafos podrían llevar a confusión pues, en apariencia, ambas afirmaciones son contradictorias. Por este motivo he creído oportuno aportar aquí alguna luz adicional. (más…)

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Querido Manuel:

Llevo años saliendo en tu defensa cuando alguien se refiere a ti como negacionista climático incluso si, en realidad, quieren decir ‘escéptico’. La ambigüedad de tu libro “El clima” puede sugerir este posicionamiento. Yo siempre les respondo: ¿has llegado al último capítulo? En los anteriores da la impresión de que algo te impide ser más contundente. Pero en el último te explayas, sueltas tu personalidad y cualquier posible necesidad de navegación entre dos aguas parece desaparecer para mostrar al lector que sigues siendo tú mismo y que nada te aparta de tu compromiso. Sin entrar en más detalles, también les digo: ‘hablad con él y veréis’.

Sin embargo, en los últimos días he accedido a declaraciones tuyas que me han confundido. En Diario de Sevilla leo:

No está ocurriendo nada que no haya ocurrido antes, por mucho que la temperatura haya subido en promedio algo más de medio grado en un siglo. Eso es, en general, imperceptible. Otra cosa son las predicciones, muchas de ellas apocalípticas; no me las creo. Tienen una base teórica muy débil, y unos datos y cálculos poco fiables. Como mucho sirven de alerta, nunca de alarma. -CO2, Protocolo de Kioto. -El CO2 es el gas de la vida, jamás fue ni será un contaminante. Si lo aumentamos mucho y muy deprisa al quemar combustibles fósiles, puede quizá aumentar el efecto invernadero. El Protocolo de Kioto, que todo el mundo incumple, más que atacar al CO2 debería referirse a nuestra ineficiencia energética y nuestro despilfarro. Si consiguiese eso, so pretexto de disminuir el CO2, bienvenido será.”

A través de una lista de distribución especializada me llega la siguiente transcripción de una reciente charla tuya en Oviedo:

“«¡Olvidaos del cambio climático, de verdad. A corto plazo no os va a afectar nada… En un país rico, nada, cero. ¿Va a haber menos agua? No, señor. Hay más. ¿Va a haber más calor? Es posible, ¿y qué? La gente cuando se jubila no se va a Dinamarca sino a Florida, y los asturianos a Málaga. A los humanos nos gusta el calorcito». «Lo que suceda dentro de 100 años dependerá de lo que hagan los chinos, no nosotros. Ya hubo una conferencia en Copenhague y va a haber otra en Sudáfrica y no va a pasar nada. Los chinos tienen casi un tercio de la reserva mundial de carbón, para tres siglos quemando. Y lo van a quemar». “

Entre el grupo de personas a quienes el cambio climático nos preocupa extraordinariamente he visto calificar estas expresiones tuyas como tohariadas, lo que no tendría mayor importancia si no se refirieran a un excelente comunicador científico como tú, que para muchos, también para mí, tiene rango de maestro. (más…)

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