“This generation has altered the composition of the atmosphere on a global scale through . . . a steady increase in carbon dioxide from the burning of fossil fuels.” – Lyndon B. Johnson, febrero de 1965 – Discurso en el Congreso de los EE.UU.

Roger Revelle declaró en el Senado de EE.UU sobre el peligro del cambio climático en 1961
Muy a menudo, al entablar conversaciones de orden político, social o económico con una persona cuya ideología se sitúa a la izquierda del centro izquierda, habrá usted oído la expresión ‘ellos’. “Ellos nos quieren hacer creer que…”, “Ellos no nos dicen que…” ¿Verdad que les suena? Mi reflejo, a estas alturas ya moderado, es siempre preguntar: ¿A quiénes te refieres? “¡A ellos!”, suele ser la respuesta, como si fuera una obviedad.
Un mayor grado de elaboración lleva a un leve intento de reducir la generalización: se refieren entonces a “los poderosos”. ¿Pero qué poderosos? – suelo insistir. ¡Ellooos! me responden, muy poco antes de dejar de considerarme candidato a ser uno de los suyos, momento que detecto y que debería servirme para detenerme ahí. Lo que me gustaría es que me dieran nombres, apellidos, de personas físicas o, por lo menos, jurídicas. Evaluadas.
Mucha gente de izquierdas, y algunos de derechas, tienen la sensación de que el mundo está gobernado por fuerzas ocultas, por un grupo de conspiradores encerrados en un cuarto oscuro y decidiendo en qué debemos creer, qué debemos comprar y hasta qué debemos pensar (1). Es la visión conspirativa de la política y de la historia, que nunca he compartido[1]. No soy tan ingenuo como para negar que haya conspiraciones. Pero no todo es una gran conspiración. Mucho de lo que se atribuye a ‘ellos’ es el resultado de unos modelos mentales que, de hecho, la inmensa mayoría de nosotros acepta, a menudo implícitamente, sin ser conscientes de los mismos.
Pero referirnos a ‘ellos’ así, en abstracto, nos resulta útil, porque de esta forma nos descargamos de responsabilidad y no nos sentimos obligados a oponernos activamente a lo que no nos gusta en la medida en que, además, les otorgamos un poder supuestamente imbatible. Creemos que contra ‘ellos’ no se puede luchar, mucho menos si no sabemos ni a quiénes nos estamos refiriendo y por supuesto dónde están, y muchas veces ni tan sólo a qué. Presos de cierto síndrome de Estocolmo, estamos esperando a que nos digan qué es lo que tenemos que hacer para ser ciudadanos climáticamente responsables. Seguimos así viendo la televisión. Que no nos dice nada porque, al fin y al cabo, forma parte de ‘ellos’.
Pues no es así. Estaba equivocado. En mis averiguaciones he descubierto una fenomenal maquinaria de propaganda[2], difusa y policéntrica, que, desde los años 1970, está orientada a la manipulación colectiva y al establecimiento de modelos mentales y pautas de comportamiento coherentes con la ideología ultraliberal. Decidieron cargarse el movimiento ecologista ya entonces, pero después de la caída de muro de Berlín lo consideraron su principal enemigo. Lo han hecho, y lo hacen, con tal habilidad, que todos acabamos convirtiéndonos en instrumentos propagadores de un supuesto ‘sentido común’ artificial y erróneo. Tan erróneo que opera en contra de nosotros mismos, individualmente a corto plazo y colectivamente a largo. (más…)
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